Seguramente el paraíso tuvo una vegetación de colores intensos, de formas expresionistas, de olores perfumados. Y tuvo también, probablemente, la luz tenue que se filtra por las ramas, que se incrusta en los estanques de agua y que juega con las formas creando sombras y reflejos cambiantes. La misma belleza del jardín Majorelle en Marrakech, restaurado y mimado por Yves Saint Lauren y Pierre Bergé como si fuera un diseño de alta costura, del que lo mismo se espera perfección que vigencia. Lo inició en los años 20 el pintor Jacques Majorelle, tal vez fascinado por el misterio de un jardín con los colores fauvistas de una composición de Matisse. Azul, amarillo, verde, blanco y hasta granate. Colores mezclados y fundidos con el agua, con el aire y con la tierra. Con la tierra de color ocre, polvorienta, como en la calle que conduce al jardín, muy cerca de la Medina de Marrakech, por una acera repleta de carros que venden naranjas cubiertas con burda tela para evitar el sol hiriente.


Una gran colección de cactus de todo el mundo recortan el horizonte de este jardín. Dicen que el diseñador encontraba en estos jardines la inspiración y la musa para muchos de sus diseños. Realmente no es difícil imaginarse gasas o sedas estampadas con los colores y formas naturales que salpican el jardín. Una larga paleta de verdes, del pastel al hierba, añaden a las perfectas composiciones de volúmenes y texturas un orden y un matiz que transportan a la tranquilidad. Sentarse en uno de sus bancos y ver dejar caer la tarde, con la luz fundiéndose entre las espinas terciopelo, es una verdadera delicia. Y el punto y aparte de estos jardines, que los diferencian eternamente del resto de Marrakech es un azul tan intenso y vívido que por su propia singularidad ha adquirido ya el nombre de Azul Majorelle.


En un pequeño rincón hay un espacio dedicado al recuerdo del modisto francés.


Placa homenaje a Yves Saint Laurent en el Jardín Majorelle.



En el Museo de Marrakech hay una excelente exposición de bordados y telas marroquíes donde se pueden ver verdaderas obras de arte antiguas de diferentes lugares de Marruecos, sobre todo venidas de Fez, Tetuán y Rabat, y en una menor medida de Mequínez y Azemmour.


Lino, algodón y seda eran los materiales más usados para realizar los antiguos bordados del país, que además eran teñidos con tintes naturales, una técnica que hoy en día se ha extinguido con la aparición de los tintes industriales y que se puede apreciar en las piezas que se exhiben en este museo.



Este es el resultado de los numerosos tejidos en forma de pañuelos, fulares... que podrás ver en las calles de Marrakech y que han sido teñidos por pigmentos naturales. Los artesanos dedican horas a este proceso tan tradicional como natural para que podamos disfrutar de una pieza totalmente orgánica en tejido y en color.


El zoco Semmarine, o barrio de tintoreros, ha conservado su autenticidad: desde hace siglos se emplean las mismas técnicas ancestrales de coloración que transmiten de manera hereditaria. Las fibras textiles de lana o de algodón y las pieles curtidas de borrego, de cabra, de vaca o de dromedario, se sumergen en las tinas de tinturas con paredes de cerámica, los batanes, en donde los artesanos pisotean las pieles. Los colorantes se elaboran a partir de pigmentos naturales: amapola, índigo, azafrán, hueso de dátil y antimonio.


Resulta impactante ver miles de madejas de lana colgadas en ramas de bambú por todo el zoco.



Marrakech es nuestro primer destino en Marruecos. El predominante color terracota y las formas onduladas de las construcciones nos transmiten calidez mientras que el entramado de las calles de su medina y la mirada curiosa de sus vecinos, una sensación de misterio.



Caminar por sus estrechas calles es toda una experiencia sensorial: oler las especias y las hierbas aromaticas en cada paso, ver cientos de colores en cada rincón, saborear esos deliciosos pasteles herencia de la influencia francesa, o los platos tradicionales de la cultura árabe como el kefta (carne con tomate y huevo), escuchar las flautas que hacen bailar a las serpientes, la música bereber, incluso los rezos y tocar la mano de los comerciantes al hacer un trato. Así es Marruecos y así es Marrakech.



En los últimos años esta fascinante ciudad del sur, apodada la “Ciduad Roja”, se ha convertido en refugio y fuente de inspiración para muchos creadores, sin que las altas temperatures que en esta época se alcanzan fácilmente sirvan de inconveneniente, como Diane von Furstenberg, Ricardo Tisci, representante de Givenchy, los hermanos Ailanto, o la cantante norteamericana Alicia Keys.


Como os prometimos: este verano volvemos cargados de novedades. La primera, viajamos a Marruecos para comprobar de primera mano por qué este país del norte de África se ha convertido en rincón de referencia para diseñadores y creativos de todo el mundo.

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